abismatica Manantial de Fuente de Roca

00. El manantial de la Fuente de Roca

Hoy voy a contaros una historia improvisada que, si las musas de la inspiración permanecen a mi lado se convertirá, espero, en una historia mucho más extensa. De corazón, espero que la disfrutéis.

Introducción: El manantial de Fuente de Roca

El pequeño merendero del bosque estaba desierto esa tarde. En la barbacoa de piedra, sólo quedaban cenizas hacía tiempo extinguidas. Un enorme trozo de leña había sido olvidado, o dejado conscientemente, junto a ella. Elisse, la joven pelirroja, que cada tarde realizaba ese trayecto de vuelta a casa, lo tomó y lo colocó sobre las cenizas, quizá a alguien pudiera serle útil. Esa tarde hacía frío. Un frío anormal para la época del año en la que se encontraban, cuando ya empezaban a despuntar las blancas flores de los almendros. Bajó con cuidado los escalones de la mohosa y humedecida piedra que conducían a la fuente. Del caño manaba un titubeante y atrompicado chorro de agua de la que emanaba vapor. Elisse sabía que no debía beber de esa agua, pero le reconfortó remojarse las heladas manos en la tibieza del líquido elemento.

El titubeante caudal avanzaba cuesta abajo por una riera que descendía hacia el poblado, impenetrable, densamente poblada de marañas de hiedras, ramas de arbustos aún desnudas, y los troncos de los árboles a los que daría de beber en los calurosos días de verano. No era la primera vez que Elisse se detenía en el merendero. Era un espacio singular. Se contaba que fuerzas telúricas confluían en el subsuelo, y que antaño, existió la magia en ese rincón perdido. Se contaban historias en el poblado sobre seres etéreos que aparecían cuando la niebla abría el portal entre los mundos. Seres que Elisse había visto en sus sueños, bajo el influjo de su fértil imaginación constantemente alimentada por las historias que su abuelo, Gorjam, le había contado cuando era niña.

La vista de Elisse se quedó fija en el chorro que brotaba. Era hipnotizante ver el irregular ritmo con el que el agua manaba, a veces con más fuerza, chapoteando con brusquedad en el desgastado y enmohecido fondo de la fuente, para seguidamente caer suavemente, como si de pronto hubiera dejado de haber caudal suficiente. Elisse, cautivada por el ritmo y el sonido en cascada del agua al precipitarse contra la roca, y el vaporoso ambiente que se respiraba en las inmediaciones de la fuente, se fundió en la cadencia del gorgoteo del agua al precipitarse y, empezó a vislumbrar como su ritmo se ralentizaba, como si pudiera ver la caída del agua gota a gota. Y cada una de esas gotas consistiera en una burbuja, cada una de las cuales tuviera un tamaño diferente en función del irregular caudal de la fuente.

ABISMATICA burbuja

Era un ritual que Elisse realizaba desde hacía bastante tiempo. La primera vez que le sucedió, se asustó saliendo rápidamente de su estado para seguidamente volver corriendo a casa, jadeando, sin mirar atrás. Más tarde, empezó a sentirse más tranquila cuando entraba en ese estado, pues había algo en el agua que la atrapaba y la ayudaba a relajarse de los problemas, de la rutina y de la tristeza que embargaban su cotidiana vida. Pero pronto empezó a sentirse cómoda, y cada atardecer, cuando regresaba de la granja de los Kindelan, después de un duro día de trabajo ayudando a la señora Alice en las tareas de la granja, elaborando quesos y ayudando en todo lo demás, se sentía liberada por unos momentos, en su comunión con el elemento, antes de retomar su camino a casa donde la esperaba su padre, Benet. Elisse detestaba volver a casa. Desde el fallecimiento de la madre de Elisse, Benet se había vuelto irascible, indolente y pagaba con la joven su incontrolable lástima de si mismo y frustración por haber perdido a su esposa. El no se daba cuenta, pero la muchacha pelirroja se había ofrecido a trabajar con los Kindelan para poder así evitar estar cerca de él la mayor parte del tiempo posible. Benet era un buen hombre y Elisse lo amaba, pero no podía soportar verlo hundirse cada vez más en la oscuridad de su melancolía.

Pasaron varios minutos, o tal vez más tiempo, y Elisee seguía hipnotizada con el ritmo acuático, cuando sintió en su semi consciencia, que una de las burbujas la jalaba. Sintió como un cosquilleo que se extendía por su cuerpo, de los pies a la cabeza, y al llegar a ésta, se sintió absorbida por una fuerza irresistible que la atrapó en el interior de una de las burbujas e, incorpórea, se sintió fluir riera abajo, con conciencia propia pero convertida en… una gota de agua.

meditando debajo del agua

De pronto, su visión del mundo se transformó, mientras se desplazaba por el cauce, alcanzaba a ver de pronto una orilla, con sus piedras tapizadas de verde y fresco musgo, mientras el lento devenir del caer de las gotas se había transformado en un vertiginoso avance cauce abajo, tan rápido que sentía que a ese ritmo, alcanzaría el lejano mar en un abrir y cerrar de ojos. Pero no fue el mar lo que encontró… pasó a través del viejo molino de los Rojam, incluso dando una vuelta alrededor de la noria, y continuó chocando aquí y allá hasta que todo se hizo tan veloz y difuso que ya no reconocía lo que dejaba atrás. Solo podía ver el cielo, un extraño cielo gris sin nubes que todo lo cubría. Y dejó que su conciencia se conectara con el cielo, para poder soportar el terrible mareo que la atenazaba. Era un cielo denso, pesado, de aspecto irreal. Creía sentir miedo, no poder controlar la situación la tenía aterrorizada, no podía sentir su cuerpo ni tenia voluntad propia, aparte de su auto consciencia. Sabía que algo la había atrapado y desconocía quién o qué era ese algo y hacia donde la llevaba.

De pronto, todo se hizo oscuro. El cielo gris se transformó en una densa arboleda, tan densa que parecía ser de noche. El ritmo del agua disminuyó, y la burbuja que envolvía la conciencia de Elisse fue recobrando la compostura.

Observó a su alrededor. El caudal se había ensanchado formando una profunda charca de aguas oscuras. Al fondo se divisaba una gran roca hundida a medias en el agua, y en cuya parte superior había una gran grieta de la que brotaba el agua que alimentaba a la charca. Fijó su atención en la grieta y, de pronto, se encontró justo bajo ella, de tal modo que el chorro de agua cristalina que brotaba de ella la hundió más y más en lo que parecía una infinita profundidad. Sintió pánico al comprobar que, de pronto, se sentía asfixiar. No aguantaría mucho más. Elisse cerró los ojos, y su conciencia se apagó.

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Publicado por

Blanca Rios Martín

Desde siempre he sido una persona curiosa, inquieta y autodidacta. He estudiado ciencias de la salud diversas, vinculadas a la psicología y a la nutrición. Me fascinan la fotografía, la artesanía, las setas y la gastronomía. Me encanta leer y, sobre todo, escribir.

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