En las mazmorras de la Orden de Kalhamos

01. El yugo de Kalhamos (primera parte)

Introducción:

En un lejano lugar, a los pies de las áridas montañas del norte, existía hacía tiempos inmemoriales una gran torre negra de la que las leyendas contaban que había sido excavada en roca viva. Allí, tenía su guarida una orden de monjes y aprendices de magia oscura, que adoraban a uno de los más siniestros siervos del mal. En aquellas tierras era conocido como Kalhamos y allí, se invocaba su poder para alcanzar cualesquiera que fueran sus objetivos…

                                              *                  *                  *

La oscuridad devoraba inexorable la estancia, donde tan sólo la lenta cadencia del goteo del agua al precipitarse contra la roca, rompían el ominoso silencio.

Un exangüe hilo de luz, que parecía librar una batalla a muerte para no ser engullido por las tinieblas, penetraba en la estancia a través de unos orificios en lo alto de la negra roca que trataban, con no demasiado éxito,  de hacer las veces de respiraderos. A través de esa tenue claridad se percibía, aún más intensa, la inmensa negrura que lo devoraba todo alrededor.

El olor a humedad y a tiempos ancestrales de eterna clausura, embargaban la sala, cuyos límites apenas se percibían en la oscuridad que todo lo cubría con una atmósfera densa, pesada, casi opresiva.

Las paredes de maciza roca, tal vez excavada en algún emplazamiento subterráneo, o quizás moldeadas a través de la magia hacía tiempos inmemoriales (en cuyo caso eso las convertía en aún más inexpugnables), dejaban entrever marcas que, con el paso del tiempo, el agua había transformado en calcáreas venas que recorrían por doquier la inerte roca.

El suelo, frío y húmedo, era de un tacto erosionado y desgastado por el paso del tiempo en su ineludible lucha contra dos de los elementos más feroces que podían tener cabida allí: el agua y el tiempo.

Pero además de todo eso, en aquella lúgubre y tenebrosa mazmorra, podía percibirse algo aún mucho más desconcertante; algo que imbuía el aire de una constante carga asfixiante y pesada, como esa sensación que se tiene cuando se siente que algo terrible está a punto de suceder. Una especie de poderos hechizo se cobraba la extenuante atención de cualquiera que allí estuviera, robándole su energía, manteniendo alerta y desesperadamente expectante a su víctima, hasta que las fuerzas flaquearan y entregara su poder.

Nada, absolutamente nada ni nadie, había podido resistir mucho tiempo en aquella temible prisión. Nadie que tuviera el más mínimo apego a la vida y a sus recuerdos podría resistir mucho tiempo el poderoso envite de la oscuridad, del eterno silencio y de la flagelante humedad, sin perder la razón. Pero aquella oscura magia, aún convertiría cualquier encierro en algo aún mucho más terrible.


Las oscuras mazmorras

Así lo temía también la presencia que permanecía allí apresada que, aún protegiéndose en su particular limbo, empezaba a dudar de que pudiese resistir mucho más aquel brutal encierro tanto mental como físico.

Y allí, en un rincón de aquella sórdida cueva, acurrucado contra la roca en posición defensiva con las piernas recogidas sobre el pecho, se perfilaba el cuerpo de un hombre. Sentado en el frío suelo, tenía la espalda encorvada y parcialmente reclinada sobre la pared de roca, mientras sus brazos rodeaban sus encogidas piernas y la cabeza le caía a media altura, como sí tratara de resistir la extenuante fatiga que le consumía, pero ésta consiguiera doblegarlo por momentos.

Sus vestimentas, sucias y desgastadas, sugerían que hacía demasiado tiempo que permanecía allí, olvidado.

Su pelo, ahora enmarañado y sucio, revelaba no obstante una melena de largos mechones de un blanco casi irreal, recogidos por dos gruesas trenzas que llevaba anudadas en la parte posterior de su cabeza.

Su piel curtida, revelaba que había sido un hombre de acción, aunque en ese momento, la privación de luz y libertad habían palidecido su tono y doblegado a su ser.

Sus ojos, semi cerrados y con la vista perdida en un más allá que tan sólo él podía percibir, eran grises y profundos, y parecían estar vislumbrando otro plano, uno al que su cuerpo no podía acompañarlo.

No obstante el desgaste de su cautiverio, su físico aún revelaba su anterior poderío y  envergadura que, en un pasado no muy lejano y como mero hombre de armas en una lucha cuerpo a cuerpo, debió haber intimidado a muchos enemigos.

Pero lo que más impresionaba de aquel hombre, era algo que a pesar de su deplorable estado, emanaba de todo su ser. Un aura de extraordinario poder, por el que sus captores se habían visto obligados a utilizar algo más que la mera intimidación física y mental, que “la jaula” proporcionaba. Ese algo más era un poderoso hechizo, surgido  de una oscura magia ancestral, que de forma constante martirizaba a su víctima, creándole vívidas alucinaciones que hurgaban en su memoria y buscaban el constante tormento de su mente, para conducirlo hasta la extenuación y así poder acceder fácilmente al control de su voluntad.

Así había sido en los últimos tiempos, de los que apenas ya no tenía recuerdo, y así seguía siendo víctima de ese yugo: su consciencia sufría continuos ataques para evitar que su mente pudiese llegar a aglutinar el control necesario como para desarrollar su magia y plantar cara.

Y así, atrapado en el no-tiempo, estaba Balhok, el mago guerrero, unos de los cinco grandes magos de luz, quizás el más grande de ellos, desprovisto de su poder, de la fuerza de su conocimiento ancestral, del poderío de su magia y de la destreza de su condición guerrera, pasando sus últimos días apresado, en una oscura mazmorra, tratando de salvaguardar su vida y luchando porque sus conocimientos no cayeran en manos de la oscuridad.

                                                 *                         *                           *

Mientras tanto, no muy lejos de allí, dos encapuchados de aspecto siniestro vestidos con largas y oscuras túnicas, hablaban en susurros.

La sala donde se encontraban, estaba situada en una torre, a juzgar por el circular perímetro de la misma, en el centro de la cual había una gran columna hueca, en la que habían ubicado una espectacular chimenea que aportaba, además de calor harto necesario en aquellas gélidas tierras, la claridad suficiente para alumbrar la sala. A través de dos grandes orificios a ambos lados de la hoguera sellados con un extraño material  translúcido, que hacía las veces de emisor de una cierta cantidad de luz. Aun así, había varias antorchas prendidas y repartidas por todo el perímetro de la torre.

La estancia estaba llena de extraños artilugios, pergaminos y libros llenos de polvo amontonados unos en el suelo, y otros sobre una robusta y maciza mesa de roble, una reliquia de antiguos grabados y no menos carcoma, que a pesar del tiempo, soportaba con dignidad la ingente carga a la que se veía sometida. Pero lo que más llamaba la atención era un gran libro de extraños dibujos y cuyo contenido parecía ser escrito en una antigua y oscura lengua. Era un libro sagrado para la orden, un libro que contenía un oscuro conocimiento al alcance de muy pocos.  Frente a la recia mesa, a ambos lados de la columna central, habían dos pesadas cortinas de franela teñidas de un oscuro granate que colgaban hasta casi arrastrarse por el suelo, separando la sala en dos. Una profunda oscuridad se intuía al otro lado de las telas. A su izquierda, un pesado portón de bisagras chirriantes y madera carcomida, daba paso a unas escaleras de piedra que descendían en espiral hacía partes más bajas de la gran torre.

A la débil luz de las antorchas, los rostros de aquellos dos individuos ocultos bajo las capuchas, aún se hacían más oscuros y enigmáticos. Hablaban entre ellos, con un tono mezcla de desdén y preocupación. Una preocupación más debida a la tardanza en la  consecución de sus objetivos, que a la desconfianza en los métodos empleados. Estaban hablando, sin lugar a dudas, de su importante prisionero.


Xysten

-“Mi señor Telvash, el prisionero Balhok no responde al yugo de Kalhamos con la celeridad esperada… creo que a pesar de su aparente debilidad, ha encontrado un modo de protegerse, de aislarse en la oscuridad.” – intervino Xysten, el aprendiz más avanzado de la orden de Kalhamos.

-“Eso es imposible, tú mismo has ido reportando su estado a diario desde su captura y si mal no recuerdo, su mente estaba a punto de ser dominada. ¿No es cierto, mi joven aprendiz?”

-“Así es, mi señor. Hace apenas un par de días estaba listo para capitular, pero… algo ha sucedido desde entonces. Su mente ha dejado de responder. Inicialmente llegué a pensar que tal vez nos habíamos excedido, mi señor, que tal vez el mago no era tan poderoso y el yugo de Kalhamos había sido demasiado para él. Pero algo no cuadraba, así que decidí observarlo durante el yugo.”

-“¿Y bien? ¿Que observaste?” – preguntó Telvash, ligeramente irritado. Un monje oscuro de su rango, sería muy bien recompensado por Kalhamos si hiciera presa de una mente tan poderosa como la del primer mago de la luz, Balhok. No esperaba que fuera fácil, pero su paciencia estaba empezando a disiparse, con el paso de las lunas.

-“Verá, mi señor, nada parece haber cambiado a simple vista, las alucinaciones lo desgarran sin lugar a dudas, tanto física como mentalmente, pero he visto algo en sus ojos que antes no había: he visto algo parecido a un atisbo de esperanza…”

-“Tonterías!” – Gritó Telvash – “Nada ni nadie pueden escapar al yugo. Y como tú bien has dicho, hace tan sólo un par de días, estaba listo para entregar su poder. “

-“Con el debido respeto, mi señor” –se apresuró a intervenir Xysten- “Tratándose de cualquier otro individuo, no dudaría en aceptar –y de muy buen grado- que el oscuro poder de Kalhamos ha podido con él, pero ambos sabemos que éste no es un mortal cualquiera: es Balhok, uno de los más poderosos magos de las cinco casas! Tal vez el más poderoso de todos ellos. Tenerlo en nuestro poder, privado de su intervención en este mundo ya es un éxito en sí mismo, que debería ser generosamente recompensado por …”

-“Sí, la recompensa sería excelsa” -interrumpió casi gruñendo Telvash, visiblemente irritado, y remarcando cada una de sus palabras- “Pero ambiciono mucho más de esta captura. Quiero su mente a mi servicio! Y quiero que seas tú el que me la sirva en bandeja de plata. Así que aparta tus dudas, y dame lo que te pido. Deseo su mente en mi poder antes de la próxima luna nueva, o lamentarás haber sido tan indulgente con tu enemigo y tan incapaz para con tu maestro.”

-“Así será, mi señor. Pero, ¿qué sucedería si estoy en lo cierto y Balhok ha encontrado un reducto en el que guarecerse? Un lugar de su mente al que no podamos acceder, en el que no podamos actuar contra él ni subyugarlo…” – preguntó Xysten presa de la angustia.

-“En ese caso, mi querido aprendiz, él mismo habrá rubricado su fin: permanecerá exiliado para siempre en la eterna oscuridad del no-tiempo.”- contestó nuevamente conciliador el monje, palmeando la espalda de su pupilo, mientras lo invitaba a salir de la estancia.

Y mientras el joven encapuchado descendía las escaleras, añadió en un susurro:

-“Y tú lamentarás haber nacido.”

                                             *                       *                     *

continúa en otro post…

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Publicado por

Blanca Rios Martín

Desde siempre he sido una persona curiosa, inquieta y autodidacta. He estudiado ciencias de la salud diversas, vinculadas a la psicología y a la nutrición. Me fascinan la fotografía, la artesanía, las setas y la gastronomía. Me encanta leer y, sobre todo, escribir.

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