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La madurez: un estado del Ser.

 

La madurez, ese término que nos habla del estado de un objeto o  ser que ha alcanzado su máximo nivel de desarrollo en algún aspecto de su esencia, se me aparece mentalmente como la aterradora imagen de una “uve” invertida que parece señalar el inicio incipiente del declive.

Cumplidos los cuarenta y más allá, nos encontramos en ese punto de la vida en el que, mirando atrás, uno empieza a recordarse más que a reconocerse. Es como si algo hubiese cambiado, como si la persona que tratamos de reconocer como a nosotros mismos hubiese sufrido un lento pero inexorable proceso de transformación, durante el cual hubiera eclosionado la crisálida que diera  lugar a un ser distinto, aunque en esencia sea el mismo: nuestro yo “maduro”.

Atrás quedan nuestros mayores triunfos, los logros tanto físicos como intelectuales, nuestras ambiciones, los retos superados, las aspiraciones más inconformistas , nuestras más ingenuas ilusiones,  la inquebrantable necesidad de cambiar el mundo, la esperanza… En su lugar, nos fortifican y apuntalan años de heridas cicatrizadas, de fracasos asumidos, de sueños rotos pero rehechos con realidades menos inalcanzables, y nos sustenta el espíritu de la supervivencia, gracias al cual nos volvemos más pragmáticos, más realistas y también algo más “únicos” e irrepetibles.

Inicialmente parece que, la energía exuberante de la que una vez dispusimos, fuera decayendo de forma inevitable con el paso de los años, y que la exultante -y hasta casi diría que insultante seguridad de la juventud- fuera dando paso lentamente a la tonalidad macilenta de la madurez: aún óptima aunque mucho menos llamativa.

És, en ese momento, en el que la fortaleza de cada cual ha de surgir al rescate de las emociones y de las incertidumbres de este nuevo estado de ser pero, sobre todo, de la inseguridad que conlleva haber intercambiado el portentoso poderío juvenil por el tenue pero sublime resplandor de la experiencia y el conocimiento.

Pero no todo es decadente en el proceso madurativo. La experiencia de vida, vivida con sobria serenidad, puede también proporcionar un éxtasis y una paz sin parangón. Así, aunando experiencia con deseo de conocimiento, de abarcar sin temor lo desconocido y de romper los límites de nuestra cotidiana realidad, podemos seguir manteniendo ese espíritu rebosante de energía del que antaño dispusimos en lo físico, pues no son los años los que nos roban nuestra fuerza, sino el drenaje al que nos someten los procesos limitantes de nuestra mente. Observarlos, reconocerlos y aceptarlos, puede ser el mayor logro que podamos obtener de nuestra madurez, porque ese simple acto de observar conscientemente, puede liberarnos de las ataduras obsesivas del paso del tiempo.

 

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Publicado por

Blanca Rios Martín

Desde siempre he sido una persona curiosa, inquieta y autodidacta. He estudiado ciencias de la salud diversas, vinculadas a la psicología y a la nutrición. Me fascinan la fotografía, la artesanía, las setas y la gastronomía. Me encanta leer y, sobre todo, escribir.

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